miércoles, 3 de febrero de 2016

Requiem



Cuesta imaginar lo definitiva que es la muerte. No importa cuánto ensayes. A mí siempre me sorprende de nuevo.






Cómo es que el tiempo y los años han traído,
a un país tan amante de la canción,
un salmo polvoriento, de monje gris,
consumido, oculto, cerrado, silencioso.

Cierras bien tu casa.
Te llenas el vaso.
Bautizas a tu llave como "Cárcel".
Lo que te libera te encierra desde dentro
y lo que te revela ante los demás tú no lo has elegido.

Eres sólo alguien más entre la multitud,
una habitación en una casa de humo
y eres una ciega chimenea
y el anfitrión cansado
de tu propio ser empobrecido.

Cierras la ventana y rompes a propósito
esa palabra que tú tanto amabas.
Lo que no te mata te crea una deuda
y lo que se te paga es la mitad de tu valor.

Un día saldré de casa y se habrán ido todos,
estará todo desierto, todo abierto en su abandono.
Sonará un despertador y no habrá ya quien lo silencie.

Ha llegado el fin del mundo.
Entraron en unas enormes jaulas voladoras
y se alejaron para escapar.
A los que no cabían, los mataron
y solamente quedé yo.

Pero, ¿cómo es que no me enteré?
Lo dijeron en la radio y yo la tenía apagada,
lo dijeron por televisión y yo la había roto,
lo dijeron los que están a cargo, pero no fui a votar.
Y aquí me he quedado yo.

Intentaré sacar lo bueno;
subiré hasta la colina para ver
la última puesta de sol,
recordaré alguna historia y en algún lugar lejano
habrá personas que aún se crean vivas.

Amanecerá el dolor y verás
esa luz de Domingo de la Cruz,
la nube estará vacía, sin palabras y parados
los relojes.
Se escuchará el golpeteo de la lluvia.

Te tapas las oídos.
Hablas de los sueños que no tuviste
a los hijos que no llegaste a tener.
Lo que te hace escapar no te salva.
Te engancha a la soga de la vida que ocultas.


Αλκίνοος Ιωαννίδης, Requiem (1999)




lunes, 11 de enero de 2016

Resumen de noticias


Murió Andrés Lewin de repente, o esa fue mi impresión. Tal vez murió poco a poco y pudo despedirse de los suyos. Ahora que él ya no va a estar para verlo, tal vez lo descubra un público entregado que no llegó a enterarse de su existencia cuando vivía o que no le prestó la atención que merecía. 

Cambié la ventana con árboles por el balcón urbano. Mis gatas parecen más contentas. A ellas, como a mí, el sol nos hace bien y nos revive por las mañanas. Cuando me levanto y es de día, claro está. A ellas les hace bien siempre.

Murió Bowie, hoy mismo. Sus canciones me recuerdan a Grecia. A mí, que no soy griega. 


Andrea Dworkin, por su parte, sigue muerta. Yo la releo y pienso en esa palabra tan grande, legado, que resulta más emocionante aún en su caso porque está llena de contenido al referirse a ella. Palabras, ideas como dardos de razón que siguen haciendo tanta falta ahora como cuando ella las escribió y las pronunció, convencida del sentido de su lucha, llena de amor por sus congéneres, de ira legítima contra quienes nos niegan a las mujeres el derecho básico a existir como individuos autónomos, con independencia de un varón que nos proteja y nos castigue alternativamente, según su voluntad o su capricho.


As long as there is rape... There is not going to be any peace or justice or equality or freedom. You are not going to become what you want to become or who you want to become. You are not going to live in the world you want to live in.

Andrea Dworkin




domingo, 6 de septiembre de 2015

Treinta años y una ventana con árboles



Por la ventana de la cocina veo árboles. Veo hojas bastante verdes todavía. Veo también los primeros indicios del otoño que se aproxima. Una nunca sabe cómo será su vida cuando cumpla treinta años. Hay un momento de la infancia en el que nos preguntamos cómo seremos cuando tengamos 16, 18, 20 años. Yo ni siquiera llegué a preguntarme cómo sería al cumplir los treinta, excedía la dimensión de lo imaginable cuando la infancia parecía un camino juguetón sin asfaltar.

Desde luego no imaginaba que mi ventana estaría llena de árboles, de hojas crujientes de sol. La luz se va debilitando día a día, como suele suceder poco después de mi cumpleaños. Los colegios vuelven a abrir sus puertas, el viento nocturno sopla algo más frío cada noche que pasa. Se empañan un poco los domingos por la tarde con la promesa del trabajo que se agazapa al inicio de la semana; hay una suave nostalgia de la infancia que podría ser un sentimiento inventado, ficticio, pero que no deja de ser el equipaje sentimental necesario para llegar de una pieza al otro lado del equinoccio en el calendario.








jueves, 13 de agosto de 2015

Contradicciones sobre la práctica de la heterosexualidad


Que la heterosexualidad es una institución que perjudica a las mujeres sólo se entiende si se toma en consideración el estatus que, incluso a día de hoy, las mujeres como clase asumen dentro de este tipo de relación. No sólo en la cultura popular y en la tradición (en forma de novelas, canciones, relatos orales, etc) se refleja el papel subordinado que nos asignan por haber nacido con vulva, útero y ovarios, sino que no hace falta más que hablar con amigas heterosexuales o encender la televisión para ver que los estereotipos sobre los que se asienta la inferioridad femenina siguen vivos, muy vivos y coleando.

Trataré de ordenar mi discurso. 

En primer lugar, hay que señalar que la heterosexualidad se asienta, en gran medida, en los conceptos de masculinidad y feminidad. Se consideran esencias de carácter y expresión opuestas y complementarias. Incluso en el caso de las relaciones homosexuales, existe la creencia popular de que debe haber un miembro de la pareja femenino y otro masculino. Que dos personas puedan mantener una relación sentimental en la que los roles no estén designados de antemano parece inquietar mucho a la masa. Resulta curioso lo importante que es para muchas personas comportarse de acuerdo con lo que se espera de ellas por haber nacido con cierto órgano sexual y no otro.

Por otra parte, es muy importante destacar que la diferencia sexual (esto es, biológica), se construye socialmente (por tanto, de un modo artificial) como una diferencia jerárquica. Este punto es básico para comprender por qué no estoy de acuerdo con los postulados de "performatividad" de géneros de la teoría queer. Si ser una persona masculina o femenina no tuviera nada que ver con ocupar un lugar en una escala de poder, si de verdad fuese neutro comportarse como "un hombre de verdad" o "una mujer de verdad", no tendría yo ningún problema con reivindicar las identidades de género.

El quid de la cuestión, como señalan las feministas radicales, es que mientras exista el género, existirá la desigualdad entre los sexos. 

¿Cómo afecta el género en nuestras vidas? 

Hace que se enseñe a los varones, desde su más tierna infancia, a ocupar espacio, a hacer oír su voz, a ser decididos, a defenderse, a reclamar lo suyo. También se les enseña a mantener sus emociones a raya, lo cual sin duda les mutila emocionalmente de algún modo, pero no hemos de perder de vista que se los educa para ser miembros de la clase sexual superior. Por eso la heterosexualidad, en el caso de los varones, va unida indefectiblemente a la masculinidad. 

En el caso de las mujeres, el género nos afecta de un modo bastante diferente: nos enseñan a ocupar poco espacio, a sonreír mucho, a mantener la paz y no llevar la contraria, a no hacer ruido y ser buenas y estudiosas, aunque a la vez se nos educa para que pensemos que no merecemos llegar demasiado alto. Esto resulta muy ventajoso para los varones, pues hace que el techo de cristal pueda mantenerse ahí, en su sitio, durante generaciones, y para que sólo las feministas señalemos que existe. Al fin y al cabo, las feministas no tenemos peso real en la vida pública y política, por lo que el status quo no se resiente.

Una vez que hemos entendido que el género no es una simple expresión de gustos arbitrarios que nos hacen tragar con embudo desde la infancia (lo cual ya es de por sí preocupante), como la división de juguetes o la asignación absurda de colores en función del sexo de la criatura, sino que supone colocar a niños y a niñas en escalones diferentes de poder y autonomía; sólo en este momento, decía, podemos entender por qué la heterosexualidad no parece, a priori, la mejor opción para las mujeres.

Desde un punto de vista político, resulta curioso que las mujeres sean la única clase oprimida de la que se espera que ame a sus opresores. Esta idea no es novedosa en absoluto y desde luego no es mía. La llevan paseando las feministas radicales desde finales de los años 60, época en la que empezó a ser obvio que la revolución sexual había sido una trampa y un engaño para las mujeres.

Una ve o lee las noticias y prácticamente a diario nos enteramos de un nuevo asesinato de una mujer a manos de su pareja/ex pareja/ hijo/ padre; o de su desaparición, o de su violación o violaciones. En muchos casos la víctima es menor de edad, en otros tantos, se trata de una mujer adulta. Día tras día. 

Yo me pregunto: Si con la frecuencia con la que vemos y leemos estas noticias, nos enterásemos de que los miembros de una etnia x le hacen todas estas cosas  que acabo de mencionar a los miembros de otra etnia x de un modo sistemático, ¿saltarían las alarmas? ¿Hablaríamos de conflicto racial generalizado? 

Sin duda la opinión generalizada sería que existe un conflicto a nivel profundo, que unos oprimen a los otros y que esto no puede consentirse en una sociedad democrática y de derecho, como a muchos les encanta decir como en una frase hecha. 

Lo que sería curioso es que les dijeran a los miembros de la clase oprimida, predispuestos por tradición y experiencia a sufrir los ataques de la otra etnia, que lo normal y deseable es que se casen con ellos y tengan hijos y les pongan el apellido de su opresor en potencia. Si estas personas protestasen y hablasen de los altos índices de violencia y discriminación económica, sexual y laboral que sufren a manos de sus opresores, podríamos decirles que, bueno, no todos los miembros de esa etnia les oprimen, sólo algunos que son algo más retorcidos y que no representan a la mayoría. Pero en general, les diríamos, debéis no sólo fiaros de ellos, sino amarlos. Debéis aprender a desear y a erotizar vuestra diferencia de poder.

Menuda disonancia cognitiva sentirían estas personas al encender la televisión otro día más y enterarse de otra agresión a un miembro de su clase por parte de esa otra etnia a la que en teoría deben amar. Y que les vuelvan a repetir que, también ese nuevo asesinato es puntual, que ese pánico que sienten al salir a la calle por la noche ante la posibilidad de sufrir una violación no se corresponde con un peligro real, porque no existe un problema generalizado de violencia contra ellos.

Aquí termino con la analogía, que yo creo que se entiende bastante bien.

Por último, hay otro asunto muy importante, el de la culpabilización de las propias víctimas, mujeres, por las agresiones sufridas a manos de los hombres que las pegan o las violan o las matan o las secuestran. 

La víctima puede librarse de que la culpen si se dan muchas circunstancias a la vez: que estuviera acompañada de varón pero que ni él mismo pudiese protegerla, que ella no hubiese empezado a interactuar con su agresor por propia voluntad, que la agresión se produjera en su propia casa a plena luz del día, etc. 

Son raros los casos en los que la víctima es reconocida como tal, sin añadir a la conversación comentarios que den a entender que ella podría haber prevenido la agresión de alguna manera. Se cambia el foco del agente que realiza la acción hacia la agredida, como si nos olvidásemos de que el agresor es quien realiza el daño, y la atención se centra en lo que la víctima hizo mal, lo que dejó de hacer, lo que podría haber hecho para evitar los golpes o la violación.

Esta es una lógica perversa que da lugar a dos paradojas:

1- No hay manera de estar a salvo. 

Si vives sola, no debes decir que vives sola. Es mejor que pongas el nombre de un varón en el buzón, aunque ese señor no exista. Si sales a la calle, es mejor que estés acompañada, mejor si es un hombre el que lo hace. Si sales a la calle sola, hazte a la idea de que pueden agredirte en cualquier momento, especialmente si lo haces entre la puesta y la salida del sol (aunque conozco un caso reciente que hace que me hierva la sangre en la que la mujer agredida caminaba por su barrio a las tres de la tarde de un domingo, lo cual no le evitó escuchar comentarios como: "a quién se le ocurre ir sola por la calle a esas horas". Esto es rigurosamente verdad, aunque no lo parezca).

También hay que tener otras muchas precauciones, como tener el teléfono a mano si sentimos que un hombre nos sigue de cerca durante demasiado rato, no beber en exceso si no queremos que nos echen droga en la bebida y abusen sexualmente de nosotras, porque eso no se considerará violación, sino un descuido imperdonable por nuestra parte. ¿Cómo se nos ocurre pensar que podemos salir por ahí a bailar y a tomar unas cañas sin correr el riesgo de que nos droguen y nos violen? Hay que asumir el riesgo, normalizar que muchos hombres drogan y violan a las mujeres y enfocar la responsabilidad en esas mujeres que pretenden tener autonomía sobre su cuerpo y su tiempo libre.

La lista es interminable: una no está a salvo en la calle ni en el ámbito público, pero también en casa pueden entrar y atacarnos, y entonces se nos culpará porque cómo se nos ocurre fiarnos de ese hombre que se hace pasar por el técnico de mantenimiento de la caldera, por ejemplo. La culpa no es de él, que decide agredirnos, la culpa es nuestra por no saber de quién no podemos fiarnos.  Y esto me lleva al segundo punto:



2- No hay manera de distinguir al posible agresor del hombre bueno en el que debemos confiar y al que debemos entregarnos en cuerpo y alma.

Este es el núcleo duro de mi tesis en este texto: la heterosexualidad es una trampa para las mujeres en el patriarcado violento en que vivimos porque no hay un modo fidedigno de averiguar si el hombre que tenemos al lado va a decidir atacarnos o no. 

Hay estereotipos que pueden ayudarnos a prevenir agresiones: el yonqui de turno que se nos acerca, o el hombre borracho al que vemos venir hacia nosotras haciendo eses dos calles más abajo. Lo que sucede es que la mayoría de las agresiones, hasta dos tercios de las que se registran de manera oficial, las llevan a cabo hombres conocidos o allegados de la víctima.

Quién no ha visto en las noticias a ese vecino escandalizado de que no sé quién matase a machetazos a su ex mujer, si siempre saludaba en la escalera. Los violadores en masa no son tipos raros con problemas mentales que abusan de niñas en los parques. Esos son los menos comunes, aunque claro que existen. El violador más habitual, como saben las personas que se dedican a ayudar a las víctimas de violación, son familiares, amigos, parejas de estas mujeres que decidieron confiar en la persona equivocada porque no tenían manera de saber que estaban cometiendo un error.

Concluiré diciendo que el patriarcado, con la institución de la heterosexualidad como bandera, obliga a las mujeres a que veneremos a los varones de nuestra vida, ya sean estos padres, abuelos, hermanos, hijos, esposos. Hemos de buscar su compañía, opiniones y protección para poder ser mujeres auténticas y para sentirnos de verdad realizadas. 

Se nos obliga asimismo a no ver ni analizar la sistematicidad de la violencia que se ejerce día tras día contra nosotras, violencia que es física, sexual, simbólica y económica. No sólo debemos amar a nuestros hombres y no ver la violencia que sufrimos, sino que además, en el caso de que no podamos negar lo evidente de los golpes en nuestra piel, deberemos asumir nosotras la responsabilidad de la agresión recibida. 

Es una locura, es una lógica perversa y es lo que me hace afirmar que, en nuestro contexto patriarcal, la heterosexualidad no es ese lugar ideal de felicidad y realización personal del que nos hablan desde la infancia. Yo creo que el lesbianismo político se merece una entrada por sí mismo, y funcionará como una segunda parte de esta que ahora termino.




domingo, 10 de mayo de 2015

La pequeña vida que habitamos


Pasan los días y las semanas con tanta rapidez que apenas registro la fecha en que me encuentro. A mí me gustaría poder abrir paréntesis a voluntad, establecer zonas de paz donde encontrarme con ella, a la que tan poco veo. Se puede echar de menos a alguien que vive en tu misma ciudad, a alguien con quien hablas cada día, porque es siempre la prisa la que gobierna y regula los encuentros. 

Somos esclavas del reloj y lo sabemos.

Quiero pensar que hay otra existencia posible en la que la encontraré sin prisa y podremos reconocernos con cuidado, sin apremios. Entonces empezaremos a hacer nuestra esta pequeña vida que habitamos.




PETICIÓN 

He caminado mucho
y he ido perdiendo las alas
pero tú, que no pisas la tierra, 
haz que mi mente vuele alto.
Vayamos a la luna en un globo aerostático,
la brisa será la que nos lleve:
Fuego y viento para que hagamos nuestra
esta pequeña vida que habitamos.

Mi corazón es un patio
dentro de una celda que empequeñece.
Pero tú, que tienes la llave, 
ven y dame las respuestas.
En algún mar atemperado por el sol
mi sueño recobra el aliento: 
Agua y sal para que hagamos nuestra
esta pequeña vida que habitamos.

Tengo un nudo en la garganta
que cada vez se aprieta más.
Ven y haz música
con la locura que me gobierna.
Y si son puras las palabras y las notas,
cántalas para tu alegría.
Hagamos nuestra, con una canción,
esta pequeña vida que habitamos.


Παράκληση, 1999
Letra y música: Alkínoos Ioannídis
Intérpretes: Alkínoos Ioannídis, Haris Alexiou, Sokratis Malamas



miércoles, 25 de marzo de 2015

Lesbofobia en un contexto de violencia contra las mujeres


Ya se sabe, un joven y una joven están sentados al fondo del bar, tomando algo, dándose besos, riéndose, hablando de sus cosas y en un momento dado un desconocido se acerca y les dice: Muy bien, seguid, por favor, está muy bien lo que hacéis, con mirada lasciva y aproximándose demasiado.

Ya se sabe.

Esto no sucede.

Tampoco creo que les suceda a dos hombres gays, y menos aún creo que sea una mujer heterosexual la que les suelte tal impertinencia. Más que nada, porque a las mujeres no se nos socializa para dar por hecho que tenemos derecho a invadir el espacio de nadie, menos aún si se trata de espacio masculino. No se nos socializa para pensar que dos hombres que se besan necesitan de nuestra aprobación para hacerlo y, sobre todo, no se nos socializa para que pensemos que si dos hombres se están besando, lo hacen para excitarnos a nosotras.

Porque a ellos no se los socializa para ser objetos sexuales. A nosotras sí.

Podría decir que lo que nos sucedió hace tan solo una semana fue un incidente aislado, pero no es así. Dos semanas antes tuvimos otros dos encontronazos en otro local, el segundo más intenso que le primero porque el tipo se sorprendió al ver que reaccionábamos mal. Imagínate: molestas a una pareja de un modo bastante insolente y encima esperas que te reciban con aplausos. No le gustó que nos enfrentáramos a él de un modo serio y sin concesiones. Supongo que esperaba sonrisas tímidas, aquiescencia: temor.

Pero los dos incidentes de hace tres semanas tampoco son hechos aislados. Hemos echado cuentas y en un año nos hemos visto en situaciones semejantes un total de seis veces. Seis veces que recordemos, claro. Es decir, que cada dos meses toca soportar a un impresentable (por qué será que ninguna mujer nos ha molestado hasta la fecha) que se cree con derecho a opinar sobre si hacemos buena pareja o no, sobre si es sexy ver a dos mujeres dándose un beso  o no. Supongo que creen que estamos ahí para excitarlos a ellos, para cazarlos; no sabemos cómo hacer para acostarnos con hombres, así que probamos a fingir que nos gustamos entre nosotras; de este modo, activamos sus fantasías pornográficas y los atraemos. Se sorprenden bastante cuando reaccionas con cara de pocos amigos. Sospecho que esperan una invitación para un trío en el que él será nuestro macho alfa.

Al fin y al cabo, el porno (al menos el mainstream, aunque sospecho que no hay porno que no sea mainstream) les enseña que la sexualidad lésbica no existe realmente. Se trata de un constructo pornográfico hecho para que ellos se exciten (y participen, por supuesto).
La raíz del problema es, sin duda, la creencia de que las mujeres no tienen derecho a una autonomía corporal y sexual que excluya a los varones. Cómo nos atrevemos a decir que nos sobra y nos basta y somos felices entre nosotras. Ellos, como clase, están acostumbrados a que se les escuche y se les incluya en todos los espacios que ellos demanden, y cualquiera que les niegue este acceso puede ser víctima de la violencia. He aquí el quid.

Tras cada acto de sumisión y resignación de las mujeres late el temor, muy real y justificado, de sufrir una agresión violenta que puede o no ser sexual. Además, nos encontramos en un Catch-22 sin salida aparente, pues se enseña a las niñas que no tienen que confiar en los desconocidos pero a la vez se las educa para que sean dulces y digan que sí aunque realmente quieran decir que no, que pongan las necesidades de los otros antes que las suyas propias, que no hieran los sentimientos de nadie, que sean maternales y sexuales a la vez y que consideren su vida incompleta si no la comparten con un hombre en una relación heterosexual.

Hace un tiempo, mi amiga Maica me envió un documento (ver página 24) en el que se puede leer un artículo sobre violencia sexual. La autora del mismo, Carmen Briz Hernández, apunta con gran acierto que los medios de comunicación informan sobre la violencia sexual de un modo tendencioso que hace a las mujeres responsables de su propia violación. Nos violan porque hemos bebido alcohol, o porque hemos cometido el error de confiar en un desconocido y le acompañamos a algún lugar (los violadores no son monstruos con antenas, no hay manera de saber si el hombre que está a tu lado va a agredirte o no), porque llevamos escote o faldas cortas (paradójicamente si no vistes de un modo “femenino” también puedes ser objeto de insultos y agresiones, por “marimacho”); nos violan porque caminamos por un parque de noche, nos violan porque nos quedamos solas en nuestra propia casa sin la protección de un hombre adulto. Nos violan porque no pueden evitarlo, porque fuimos simpáticas y lo provocamos, nos violan porque les ignoramos y vengaron su orgullo herido. Nos violan porque se nos ocurre transitar por un parking, porque paseamos a solas por el campo.

Pero no debemos engañarnos, la mayor parte de las agresiones las realizan personas conocidas y allegadas a la víctima. Nos encontramos ante un nuevo callejón sin salida, porque se espera de las mujeres que seamos receptivas ante los hombres, que les incluyamos en nuestro espacio vital sí o sí, pero luego se nos culpa si sufrimos una agresión física o sexual por su parte porque precisamente les hemos dejado acercarse demasiado. 

Veo el nexo de conexión entre los impresentables que nos molestan y la cultura de violación y dominación de las mujeres que impregna todas las culturas. Por supuesto no digo que una agresión sexual sea equivalente a un altercado con un pesado que piensa que tiene derecho a molestar a una pareja, pero la raíz de ambos problemas es común, endémica, y se silencia y acepta como inevitable.


No lo es. Las mujeres no existimos para que los hombres nos miren, nos interrumpan, nos invadan el espacio siempre que quieran.



viernes, 20 de marzo de 2015

Soy tan fócil


- Una o dos veces -respondió Sancho-, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me enmiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir con ellos, y que cuando no los entienda, diga: <<Sancho, o diablo, no te entiendo>>; y si yo no me declarare, entonces podrá enmendarme, que yo soy tan fócil...

-No te entiendo, Sancho -dijo luego don Quijote-, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

-Tan fócil quiere decir -respondió Sancho- 'soy tan así'.